Los 7 pecados del evangelizador católico (tranquilo todos traen antídoto)


Hay un principio en la comunicación que dice: «todo comunica y todos comunicamos», esta frase toma gran importancia cuando hablamos de comunicar al mismo Cristo en medio del mundo. ¿Cómo estamos evangelizando?, ¿lo comunicamos a Él o buscamos comunicarnos a nosotros mismos? Éstas y otras preguntas encontrarán respuesta si analizas tu acción apostólica y eres sincero contigo mismo.

Detente un momento y reflexiona en lo que estás haciendo, tus responsabilidades pastorales, la motivación de fondo de todas tus acciones. Si Cristo es el centro de tu vida, tu modelo y ejemplo a seguir tendrás la seguridad de ir por buen camino, de lo contrario te invito a buscar la raíz del problema y poner medios para solucionarlos. Aquí te dejo los 7 pecados que pueden cometer los evangelizadores católicos, quizá puedas estar cometiendo uno de ellos. Pero, ¡no tengas miedo! porque todos ellos se pueden sanar de una u otra forma.

1. Ponerse al centro del mensaje


Es un peligro real y el más común de todos. La tentación es comunciarse a sí mismo en lugar de comunicar a Cristo. ¿Cómo se manifiesta? Cuando hablamos mucho de nosotros, cuando buscamos el aplauso del mundo, cuando dejamos que la palabra «fama» y «éxito» entren en nuestras vidas como una prioridad.

Comenzamos con cosas pequeñas: likes, comentarios, imágenes personales en redes apostólicas, etc. hasta ir opacando poco a poco el mensaje de Jesús. Y, ¿qué pasa cuando tomamos esta actitud? Pues, comunicamos una Iglesia muy humana y a un Cristo muy imperfecto reflejado en nuestras posturas, fotos y palabras (que son personales). Recortamos el anuncio del Evangelio y lo reducimos a «nuestra persona». Es parecido a comer un plato de sopa sin sabor, porque nosotros sin Jesús nada podemos.

¿Qué puedo hacer? Crecer en humildad. No hay que olvidar que es por Cristo por quien luchas, que es a Cristo a quien comunicas, que es su Palabra la que anuncias y no a ti mismo. Detente un momento a pensar en tus acciones apostólicas y analiza, ¿qué busco: comunicar a Jesús o a mí mismo? Estás a tiempo de hacer algo para poder remediarlo.

2. Ser inconstante en los proyectos


Otro clásico católico. En mis años de pastoral juvenil y ahora en mis cortos años como religioso, me ha tocado ver muchos proyectos geniales que salen a la luz pero que, por falta de constancia, no logran perseverar. ¿Qué pasó? Puede ser aburrimiento, inconstancia, pereza, etc. Pero ponte a pensar una cosa: esta acción apostólica que has emprendido ¿lo has hecho para ti o para comunicar a Jesús?

Entonces «no da lo mismo» dejarlo abandonado, antes bien, si sabes que eres inconstante: o pides ayuda o no emprendas el proyecto. A veces con esto desanimas a más de uno por ahí. La inconstancia es un mal que debemos ir sanando en nuestra Iglesia.

¿Qué puedo hacer? Orar más y programar un itinerario. Orar más para que tu unión con Dios crezca y así tengas conciencia de que es a Él a quien sirves; programar un itinerario te ayudará a ver metas a corto y largo plazo, cumplir objetivos, coordinar lo necesario, pedir ayuda, etc.

3. Ser poco profesionales


«Es que no tuve tiempo», «no es tan importante», «si es para los chicos de la parroquia nomás» son frases que a menudo escuchamos en algunos agentes pastorales. Pero ten en cuenta que toda acción evangelizadora, por muy pequeña que sea, es importante para construir el Reino de Cristo en la tierra.

No es indiferente si planificamos o no una catequesis, si preparamos o no un retiro, si nos esmeramos o no en el video de fin de año. Toda acción pequeña debe hacerse con cuidado y profesionalidad. Jesús merece que utilicemos los mejores espacios, las mejores herramientas y recursos disponibles para comunicar al mundo su Buena Nueva. Esto exige una preparación, una planificación, programación de objetivos, ruta a seguir, tiempos asignados, etc. Buscar hacer las cosas bien es también buscar amar mejor.

¿Qué puedo hacer? Planificar, ser fiel en lo poco. La planificación ayuda a tener las ideas claras y tomar buenas decisiones. Jesús habla del administrador sagaz, o en otro pasaje cita la parábola de los talentos para poner de manifiesto aquellos que se esmeran en dar fruto y quienes se conforman con pequeñeces. Si tienes poco, da lo poco que tengas. Si tienes mucho, ponlo al servicio de Dios, pero que no le demos mesquindades a Jesús, porque «Cristo no pide nada y lo da todo» (Papa Benedicto XVI).


4. Tener metas muy pequeñas



Esto va muy ligado con los tres puntos precedentes, pero tiene un matiz diverso. Las metas pequeñas nos hacen mirar a corta distancia y actuar en momentos de fervor que se disipan al pasar las horas. Jesús vino a comunicarnos su vida, eso es mucho más que un ideal grande, es una vida que nos trae amor, que nos invita a la reconciliación, al perdón, a la unidad.

Son cosas grandes las que tenemos entre manos. Jesús tenía un «proyecto» gigantesco que era salvar a la humanidad entera del pecado, y ¿nosotros? ¿qué metas apostólicas tenemos? Pensar en grande, proyectarse en grande, emprender acciones que tengan un impacto social enorme, todo ello es fruto de un corazón enamorado, que busca que el tesoro que ha encontrado sea conocido por muchas personas más.

¿Qué puedo hacer si tengo metas pequeñas? Ampliar tus horizontes, poner a Cristo en el centro, soñar en grande, dejarse sorprender. Todos estos son ingredientes necesarios para la evangelización. No tengas miedo de apuntar alto, hacia el cielo. Déjate guiar por los pastores de la Iglesia, pide ayuda, no vayas solo, pero sueña en grande. ¡Sueña con un mundo entero para Cristo!

5. No dejarse ayudar por los demás


A veces nos creemos los super-cristianos, capaces de hacer todo a la vez sin necesitar la más mínima ayuda de los demás. Estamos en catequesis, confirmación, pastoral juvenil, en el coro, en misiones nocturnas, organizando retiros, todo a la vez. Nos ponemos a hacer miles de cosas y terminamos frustrados y cansados. ¿Te ha pasado esto? Pues a mí si, y muchas veces. Eso pasa por no dejarse ayudar. Gracias a Dios en la Iglesia tenemos muchos hermanos que pueden ayudarnos en cualquier iniciativa, tenemos que abrirles las puertas y permitirles que nos echen una mano.

¿Qué puedo hacer? Pedir a Dios que aumente la confianza en ti mismo, en los demás y en Él. La confianza te ayudará a compartir las cargas del trabajo cotidiano y si los demás se equivocan no pasa nada, todos lo hemos hecho alguna vez. Aprender a confiar en los demás es la clave para dejarse ayudar. Si no nos dejamos ayudar dentro de la Iglesia, ¿Cómo podremos abrir nuestro corazón a los demás cuando ellos necesiten apoyo interior, ánimo o fortaleza en las dificultades que el mundo trae consigo?

6. Anunciar sin conocer bien el mensaje


Nos quedamos con lo escuchado, a veces con explicaciones rápidas de lo que hay que hacer sin buscar más información o estudiar mejor el tema. Pueden pasar años antes de darnos cuenta de que tenemos una formación cristiana-católica muy básica. Podemos, incluso, cambiar de fe cuando vienen nuestros hermanos separados y nos llenan con citas e interpretaciones de la Biblia que nos dejan con la boca abierta y mudos ante lo desconocido.

La catequesis, los retiros, las reuniones de grupos, los ensayos de coro y toda actividad en la Iglesia debe estar empapada por Jesús y su mensaje. Decía San Jerónimo: «desconocer las escrituras es desconocer al mismo Cristo», podemos llevar esta frase al Catecismo, a la Liturgia, a la Doctrina Social de la Iglesia, a las Exhortaciones y Encíclicas papales y todo documento que nos ayuda a comprender más la fe católica.

Comprender nos lleva a explicar. Pero todo esto es en vano si no conocemos a la persona de Jesús en una experiencia viva y personal, esta experiencia es la base de toda acción apostólica y todo fruto que podamos dar.

¿Qué puedo hacer? Formarme y leer mucho. La formación es integral, es decir, entra en todos los ámbitos de nuestra vida: en la familia, en las costumbres, en los hábitos (vicios y virtudes), en la forma cómo hago apostolado, en cómo me relaciono con Dios y con los demás, cómo hago oración, etc. Y leer mucho ayuda a comprender cosas que antes no entendíamos, a enterarnos de muchos porqués, a salir de dudas y ayudar a otros a salir de ellas.

7. Progresiva mundanización de criterios


Este es un peligro del cual tenemos que estar muy alertas. La fe católica habla de tres enemigos de nuestra alma, aquellos que nos impulsan a pecar: el demonio, la carne y el mundo. Este último entra sutilmente casi sin hacer ruidos. Atribuyen a Mahatma Ghandi la frase: «Cuida tus pensamientos, porque se convertirán en tus palabras. Cuida tus palabras, porque se convertirán en tus actos. Cuida tus actos, porque convertirán en tus hábitos. Cuida tus hábitos, porque se convertirán en tu destino» y es verdad, si dejas que el mundo entre por pensamientos en tu vida, poco a poco irás yéndote hacia él.

Pero, ¿Qué significa seguir los criterios del mundo? Significa hacer propios sus valores, a veces contrarios a nuestra fe: pasar por encima de otros para ascender, indiferencia con el necesitado, la búsqueda de placeres temporales, el gozo en las cosas materiales, la codicia de lo ajeno, etc. Y cuando los líderes se corrompen el desastre es mucho mayor.

¿Qué puedo hacer? Orar y buscar la unión con Dios. No dejar que te coma el mundo. Estamos en el mundo pero no somos del mundo, esto jamás debes olvidarlo. La oración siempre será antídoto efectivo contra toda maldad, contra toda tentación, contra toda acción del demonio o del mundo que quieran arrebatarnos su presencia. No vendas por unas monedas a quien lo ha dado todo por ti.

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Querer compartir con los demás la Palabra de Dios, requiere de humildad, amor y entrega, si te identificaste con alguno de estos pecados que mencionamos ¡tranquilo! todos cometemos errores, la clave está en querer cambiar y trabajar con amor por ello.

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Publicado Originalmente en Catholic-Link.com