Señora, ¿me habla a mí?


Basado en hechos reales.

Roma, Italia. Martes 27 de marzo de 2018. 12.20pm. Metro Términi con dirección a Battistini. Marqué el boleto como de costumbre y pasé la barra de seguridad que separa la entrada y las escaleras mecánicas que bajan a los túneles. Caminaba normal, ni muy lento ni muy rápido. Disfrutaba el momento, miraba a las personas a mi alrededor, muchos me ignoraban pero yo seguía adelante. A mi izquierda vi a una mujer joven que revisaba sus redes sociales en su aparato móvil mientras escuchaba música a gran volumen, parecía no importarle el rumor que generaba a su alrededor. A mi lado caminaba un señor ya mayor, se veía cansado por el trabajo de la jornada, no veía el celular, no leía el periódico, no escuchaba música; simplemente caminaba como deseando llegar a su hogar y descansar.

-“Próximo tren: llega en 1 minuto”- señala la pantalla arriba de mí.

Miro a mi alrededor y en medio de la italianidad percibo otro acento, sí, era el español. Una pareja hablaba de lo bien que les había ido durante el día y ambos se disponían a postear en facebook las imágenes que tomaron durante su paseo. Estaban muy felices. Creo que eran de centroamérica, quizá Puerto Rico. Llega el metro y me subo, estaba todo apretado, normal a esa hora. Me quedaban 6 estaciones para bajar de aquel cilindro humano. A medida que avanzaba se iba desocupando más y más. Yo viajé todo el rato de pié a pesar de que había lugar disponible, me he acostumbrado a ello así que no tuve problemas.

Cuando apenas quedaban 2 estaciones para llegar a mi destino, se pone de pie una mujer como de 30 años y se dirige felizmente hacia mí. Yo me quedé extrañado al verla tan cerca de mí, no es normal que una mujer se le acerque así a un sacerdote (bueno, yo un religioso) y se le quede mirando fijamente a los ojos. La mujer hablaba fuerte, llevaba audífonos en los oídos, me miraba a los ojos, parecía esperar algo de mí. Apenas unos centímetros nos separaban. Yo me quedé extrañado, incómodo en aquella situación porque además veía que había espacio suficiente para separarnos por lo menos 2 metros de distancia. Pero ella estaba allí, hablándome y mirando fijamente mis ojos. Su cara era demasiado feliz. Yo me pregunté:

-¿Qué hago? ¿Le contesto? Pero si ¡no entiendo lo que me dice!

¡Qué incómodo! En eso, luego de unos segundos de confusión colectiva, porque los demás igual que yo se quedaron extrañados de aquella actitud tan poco convencional, me dispuse a dejarla hablando sola. “No prestaré atención a esa mujer”- me dije. Me hice a un lado poco a poco, uno nunca sabe cómo reaccionará aquella persona. Ella ni siquiera se inmutó, pareciera que no le importaba mi ausencia o, mejor dicho, aquella huida que yo estaba haciendo de la escena.

Al poco rato me di cuenta que seguía hablando, ¡ah, claro, está hablando por teléfono! Llevaba los audífonos y se puso de pié porque nos aproximábamos a la estación en la que debía bajar. Pero, ¿qué raro? ¿Por qué se puso frente a mí como hablándome? ¿Será que no se dio cuenta de mi presencia? Además, mi presencia en aquel tren era demasiado visible: un joven con camisa clerical (camisa negra y cuadrito blanco, propio del clero católico), en medio de la puerta, solo, de pie y esperando bajar del tren; ¡claro que era visible! Pero parece que para ella no lo era. Seguramente iba demasiado concentrada en su conversación que no se dio cuenta de mi presencia. ¿Cómo es posible? ¡Yo estaba delante de ella, la miré también a los ojos esperando una explicación! Pero… nada. Seguía hablando “sola” y haciendo gestos con las manos en un afán de expresar exteriormente el contenido de su diálogo digital. No se dio cuenta ni de mi presencia ni de mi ausencia porque ni siquiera intentó bajar la voz, no me pidió permiso, no me dijo nada, simplemente se paró delante de mí y se puso a dialogar “físicamente” con aquella persona que a distancia le escuchaba.


Todo esto me hizo pensar una cosa. Y es que a veces por nuestros asuntos, dígase problemas, dificultades o simplemente momentos de alegría, olvidamos ver el rostro del prójimo. Nos encerramos en nuestras cosas y no vemos qué sucede alrededor. Quizá vamos tan ocupados intentando solucionar nuestra vida que no queremos meternos en mayores dificultades intentando ayudar al otro. Y eso va creando una “cultura de la indiferencia”, una cultura que no ve a la otra persona; que percibe “cosas” a su alrededor sin importarle demasiado lo que suceda.

Mirar el rostro del prójimo es esencial para el diálogo. Hoy hablamos de dialogar, de escucharnos unos con otros, pero no somos capaces de mirarnos a los ojos con sinceridad y hablar desde el corazón. Nos escondemos en un perfil, en una imagen que altera la realidad, con efectos que resaltan nuestra mejor versión. “Photoshopeamos” la realidad de manera que nos sea más bonita, menos dolorosa, con mayor gozo y sin problemas. Adornamos tanto nuestra vida que perdemos la versión original que es la que Dios ha pensado para cada uno. Perdemos nuestra identidad, perdemos nuestro yo primero para transformarlo en lo que el mundo espera de nosotros. Sí, porqué no decirlo, somos esclavos de un sistema que exige belleza física, perfección antinatural, igualdad de actitudes. Una sociedad y una cultura digital que impone conductas, pensamientos, palabras e ideologías… cuyo costo es abandonar nuestro propio yo perdiéndonos en una masa incolora y sin sabor.

Dialogar, mirar el rostro del prójimo, estar frente a frente, cara a cara, sin más armas que la propia sinceridad y el respeto que el otro merece. Podemos pensar diferente, lógico, pero no podemos dejar que nuestros pensamientos cierren la puerta al diálogo, a la acogida del otro. ¡Cuán importante es abrirnos a los demás! Sea quien sea, haga lo que haga, todos son dignos de mi respeto.

El resto del viaje me quedé pensando en esto. Miraba a mi alrededor y ¿qué encontraba? Un mundo sumergido en sus pequeñas pantallas donde el espectador es el mismo actor: “yo mismo”. Me busco y me encuentro, esa es la lógica de hoy. Pero, ¿qué podemos hacer? Marcar la diferencia puede ayudar. Quitarte los audífonos mientras viajas, mirar a tu alrededor, contemplar el paisaje, escuchar el ruido del viento que roza los árboles, estar dispuesto a encontrarte con los demás. Desconectarte un poco para conectar más contigo mismo, para reflexionar sobre la propia vida. Caminar en “modo avión”, no sólo buscando ahorrar batería, sino desactivando las notificaciones que sólo buscan mantenernos ocupados todo el tiempo y metidos en la misma cosa. Desconectarse más seguido, disfrutar de la vida real, salir al encuentro del otro, mirarnos cara a cara, hablarnos entre nosotros. Entablar relaciones nuevas, descubrir nuevas culturas, nuevos mundos, conocer la humanidad. Aprender del otro, respetar, compartir experiencias, pero sobre todo escuchar.

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Tomás Halík en “Paciencia con Dios”, Crear cercanía:

“Crear cercanía: esta es una tarea espiritual que no podemos delegar a ningún instrumento técnico ideado para nuestra expansión, nuestro dominio del mundo. ¿Cómo surge la cercanía? Esta pregunta es sólo otra variante de la que los fariseos le plantearon a Jesús: ¿quién es mi prójimo? La respuesta es la misma: ¡Conviértete tú en prójimo!”

Darme cuenta de que frente a mí hay una persona… que tiene sueños, proyectos y búsquedas. Una persona que quiere amar y que necesita amor. Una persona que necesita de mí.
¿Voy a darle la espalda? Puede ser el mismo Jesús que esté delante de tí esperando siquiera una sonrisa. ¿Lo vas a ignorar?