El verdadero rostro de San Francisco


Pintura de San Francisco (1223). Monasterio de San Benito, Subiaco, Italia.
Conocer esta historia es toda una oración. Allí, en la cuna del monaquismo occidental, junto al valle de Subiaco, se encuentra el Monasterio de San Benito, quien en 550 aprox. llegaría a la zona para vivir retirado de la vida mundana en un ambiente de recogimiento, silencio y oración. Con el tiempo, en el s. XI, se construiría el actual monasterio, obra arquitectónica llena de simbolismos cristianos por donde se le vea. La estructura por fuera es como la de cualquier monasterio antiguo, sólido, de roca y marrón. Lo particular de esta es que está en una gran quebrada adosada a la piedra, donde se construyeron con los siglos capillas y oratorios talladas en la roca.
No es muy grande, pero sí muy hermosa. Todo por dentro está decorado. Las paredes y el techo están pintadas con motivos evangélicos y de la vida de San Benito, de papas y otros santos. Los colores que imperan son el rojo, el azul y el amarillo, los cuales le dan un perfecto contraste con la roca y la iluminación del lugar. Todo allí te invita a recogerte, a detener tu ritmo de vida y mirar lo que es realmente necesario. Una pausa que sin querer te puede llevar horas. Contemplación, oración. Un lugar en el cual todo religioso y sacerdote quisiera tener ejercicios espirituales.
Podríamos hablar del monasterio in eternum pero quisiera detenerme en algo que me llamó mucho la atención y tocó mi corazón. Al subir un poco hacia una cueva superior, luego de una escalera en semi-espiral y unos arcos góticos pequeños con vista a la capilla principal, se deja entrever una pequeña capilla llamada de “San Gregorio”. Y dentro lo más espectacular, el verdadero rostro de San Francisco de Asís. Allí, en la pared, un monje pintó en 1223 la imagen del santo de Asís, el único en su especie, ya que no se conserva en el mundo ningún otro que fuese pintado cuando San Francisco aún estaba vivo. Aparece sin aureola debido a que la canonización sucedería mucho después. Tampoco tiene estigmas ya que éstos le ocurrirían en 1224, un año después de haberse pintado la imagen. Es realmente fascinante estar ahí. Me tocó mucho el corazón. Y es que San Francisco ni se imaginaría que su imagen con los siglos sería venerada como santo. Pero allí estaba aquel famoso fraile pobre de la época, que por sus conocidas hazañas en favor del Evangelio, gozaba de gran fama entre sus hermanos de religión.
Su rostro está sereno, pero como advirtiendo la urgencia del Reino de Dios. Se ve su capucha, tan reconocida hoy en día entre sus hermanos franciscanos. Su hábito es azulado y su cínculo grueso, signo de sus votos religiosos. No mide más de un metro y medio de alto y medio metro de ancho. Está en una esquina, y a pesar de las batallas, las guerras mundiales y los conflictos de estos últimos ochocientos años allí permanece intacta la imagen del santo. Quienes hemos tenido un contacto más profundo con la espiritualidad franciscana sabemos que su vida trasciende a toda la iglesia. Tener la posibilidad de estar allí, cara a cara con el rostro de San Francisco de Asís me lleva de nuevo a agradecer a Dios por su amor, por su misericordia y por su elección. Sí, y es que nos lo ha dicho muchas veces por boca de San Pablo:
«Dios ha elegido lo que el mundo considera necio para confundir a los sabios; ha elegido lo que el mundo considera débil para confundir a los fuertes; ha elegido lo vil, lo despreciable, lo que no es nada a los ojos del mundo para aniquilar a quienes creen que son algo» (1 Corintios 27–28).
¡Cuánto habrá meditado San Francisco estas líneas! ¡Cuánta humildad en este santo para jamás creerse más que los demás! En sus admoniciones nos deja grandes enseñanzas acerca de la imitación de Cristo:
«Consideremos todos los hermanos al buen pastor, que por salvar a sus ovejas sufrió la pasión de la cruz. Las ovejas del Señor le siguieron en la tribulación y la persecución, en la vergüenza y el hambre, en la enfermedad y la tentación, y en las demás cosas; y por esto recibieron del Señor la vida sempiterna. De donde es una gran vergüenza para nosotros, siervos de Dios, que los santos hicieron las obras y nosotros, recitándolas, queremos recibir gloria y honor» (Cap. VI: De la imitación del Señor).
y sobre el amor:
«Dice el Señor: Amad a vuestros enemigos, [haced el bien a los que os odian, y orad por los que os persiguen y calumnian] (Mt 5,44). En efecto, ama de verdad a su enemigo aquel que no se duele de la injuria que le hace, sino que, por amor de Dios, se consume por el pecado del alma de su enemigo. Y muéstrele su amor con obras» (Cap. IX: Del amor).
Este es el rostro de la santidad, el verdadero rostro de San Francisco. Un rostro que no deja de mirar a Cristo, su ejemplo y modelo. Un rostro que mira, en Cristo, a los pobres, a los necesitados, a los marginados. Un rostro que refleja un encuentro real con Jesús. Un rostro que cada uno de nosotros podemos reflejar.
¡Cómo no ver la obra de Dios a través de sus criaturas! ¡Cómo no darnos cuenta de la gracia inmensa de la santidad en la vida de tantos hermanos nuestros! La clave está en retirarse, dejar que se tranquilice nuestro corazón, silenciar los ruidos de las preocupaciones… dejarse hacer por Dios, escucharle y responderle con nuestra vida. Pero sin “retiro” es muy difícil cambiar de rumbo. ¿Quieres progresar en tu vida espiritual? ¿Quieres cambiar tu vida y conformarla con la del Señor?
Entonces,
«entra en tu habitación, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará» (Mateo 6.6).