¿No es éste el hijo del carpintero?


Evangelio de San Mateo 13:54–57

«Al llegar a la ciudad se puso a enseñarles en su sinagoga, de manera que se quedaban admirados y decían: -¿De dónde le viene a éste esa sabiduría y esos poderes? ¿no es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas? Y sus hermanas ¿no viven todas entre nosotros? ¿Pues de dónde le viene todo esto? Y se escandalizaban de él»

1. Una mirada desde Jesús

A Jesús lo querían mucho las multitudes, sus discípulos, los apóstoles, los seguidores. Los beneficiados por sus milagros y sanaciones eran muchísimos. Sin duda que su fama corrió rápidamente por toda Galilea extendiéndose a las regiones cercanas. Todos querían ver al Señor y ser sanados. Todos le esperaban en sus barrios, en sus sinagogas, en sus calles. Tan sólo una palabra de su boca para quedar sano.

Detrás de tanta fama (que a todo esto era temporal porque muchos le abandonarían en los tiempos difíciles) se esconde una gran verdad: pocos conocían a Jesús verdaderamente. Incluso dentro de sus elegidos habían incrédulos y dudosos. Nada de esto sería impedimento para que Jesús les llamara, porque sabía que luego de verle resucitado se abrirían sus ojos y comprobarían por sí mismos que estaba hablando en serio.

Éste es el «hijo del carpintero», conocemos a su familia, a su mamá, a sus familiares. Sabemos de dónde viene, cuáles son sus raíces, su vida pasada. Conocemos muy bien su zona, su barrio, sus costumbres. ¡No puede ser! ¡No puede ser un profeta o el Mesías, porque conocemos su vida!

Qué duras suenan estas palabras para el Hijo de Dios, hijo adoptivo de José. Qué pensaría Jesús al escuchar: «¿No es éste el hijo del carpintero?». ¿Acaso es malo ser hijo de familia humilde, pobre y luchadora? Quizá su padre José no tenía un gran taller, finas herramientas y maderas exportadas, pero tenía un corazón inmenso que supo decir Sí al plan de Dios incluso cuando todo parecía imposible.

¡Eso sí que es ser grande! ¡Eso sí que enorgullece a un hijo!

Entonces, ser hijo de José no significaba para Jesús avergonzarse de la propia familia, al contrario, era motivo de gran alegría por saber que los más grandes tesoros que se pueden alcanzar aquí en la tierra eran custodiados por su padre: María, la fiel hija de Dios y él mismo, Jesús, el Mesías, el Salvador del Mundo.

2. Una mirada desde José

Siempre me he imaginado a José como un hombre luchador, trabajador, lleno de vida, alegre e inquieto, siempre haciendo algo para ayudar a su familia y a los demás. Un hombre sencillo, manso y humilde, que sabe escuchar con paciencia los problemas de los demás y aconsejar con la audacia que viene del Espíritu de Dios. Un hombre de reflexión, de oración, lleno de vida interior, capaz de atraer a cualquiera a las fuentes de la vida. Un hombre también de profunda fe. Pero no excento de dificultades. Y más tarde llega el momento de saber que María estaba embarazada. José como buen carpintero sabía que construir una familia necesitaba de buena madera, pegamento resistente y herramientas fiables, pero aquella noticia lo tenía intrigado. ¿Cómo podía ser el padre adoptivo de Jesús, del Mesías?

Si a mí me dicen algo así no se que haría la verdad. Debe ser difícil. Lo bueno es que fue en sueños, entonces había tiempo de explicarle a José el plan de Dios. Se necesitaba de una fe profunda para recibir aquella responsabilidad. Había tiempo de reflexionar, de pensar bien las cosas y tomar una decisión. José siempre decía Sí al Señor, igual que María. Los dos hacían una bonita pareja, la gente los admiraba por su dulzura y sencillez. Entonces, ¿qué hacer? Fácil: Dios me lo pide, entonces yo lo quiero.

Una escena de la vida de José que me conmuve mucho forma parte de las visiones de la Beata Ana Catalina Emmerick del 23 de noviembre. Ella ve el momento preciso cuando José llega donde María entristecido por no encontrar un lugar para el nacimiento de Jesús:

«Así sentada, tenía la cabeza gacha y las manos sobre el pecho. José volvió afligido a su lado: no había encontrado alojamiento. Los amigos de los que había hablado a la Santísima Virgen, casi no querían ni reconocerle. José lloraba y María lo consoló. Volvió a buscar de casa en casa pero en todas partes aún lo rechazaban más cuando alegaba el próximo parto de su mujer como motivo principal de sus ruegos».

Imagínate el sufrimiento de aquel padre que lo único que pide es un lugar digno para que nazca el Salvador. Era un beneficio inmenso para la humanidad aquel día, ¿cómo era posible que todos lo rechazaran? ¡El carpintero busca hospedaje! ¡No hay lugar para ustedes! ¡Tod está lleno! A pesar de ello José no se dejó abatir por el dolor y siguió adelante.

¡Eso sí que es ejemplo de paternidad, de lucha y fortaleza! ¡Grande San José!

La Beata Emmerick continúa más adelante sus visiones y añade:

«San José tuvo que morir antes que el Señor porque no hubiera podido sufrir la crucifixión; estaba demasiado débil y era demasiado amoroso. Ya fueron para él grandes padecimientos las persecuciones que tuvo que soportar el Señor entre sus veinte y sus treinta años por toda suerte de maquinaciones por parte de los judíos que no lo podían sufrir. Decían que el hijo del carpintero quería saberlo todo mejor y estaban llenos de envidia porque muchas veces impugnaba la doctrina de los fariseos y siempre tenía consigo muchos jóvenes que le seguían. María sufrió infinitamente con estas persecuciones. A mí siempre me parecieron más grandes estas penas que los martirios efectivos».

Tenían envidia del «hijo del carpintero»… Y el carpintero seguía en su labor, trabajaba y amaba, o mejor dicho, «oraba y trabajaba» (ora et labora) como bien diría muchos siglos después San Benito. Efectivamente, el «hijo del carpintero» salvaría a la humanidad del pecado, traería el perdón al mundo y la por sus llagas curaría la herida de cada persona. El «hijo del carpintero»sufriría por nosotros, lo matarían, lo crucificarían… pero ese mismo «hijo del carpintero» daría una gran lección a la humanidad resucitando de una vez para siempre. ¡Qué grande es este «hijo del carpintero»! Yo quiero ser como él también. Yo igual quiero estar cerca de Jesús, trabajar con él, orar con él, pasear con él. Quiero pasar mucho tiempo a su lado para saber cómo se vive en santidad de vida. ¡Yo también quiero estar cerca de Jesús!

Pidamos a San José en su día que nos ayude a ser buenos administradores de las gracias que recibimos de Dios. Que nunca desperdiciemos nuestra vida en cosas vanas, antes bien, que estemos siempre atentos a las necesidades de los demás como un padre lo hace con sus hijos. San José, ¡ayúdanos a seguir el plan de Dios y a decirle “Sí”, confiados en que «todo lo puedo en aquel que me fortalece» (Filipenses 4:13)!

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