El regalo más grande que podemos hacer a una mamá


Hoy es el día de las mamás por lo menos en la mayoría de los países de Latinoamérica. Una oportunidad para agradecer a todas esas grandes mujeres que nos han criado con esfuerzo y perseverancia, incluso arriesgando su propia vida por nosotros. Hablar de una mamá es recordar tanto en la mente como en el corazón un montón de situaciones y anécdotas, nuestra memoria está plagada de estos momentos inolvidables que pasamos junto a nuestras mamás. Yo recuerdo muchos y no puedo no emocionarme con ello.

Hoy es un día no sólo para recordar, sino para agradecer y, si es posible, con actos concretos. Pero, ¿cuál es el mejor regalo que un hijo le puede dar a su madre? Aquí es cuando quisiera compartirles un trozo de la oración inicial del Mes de María que se reza en Chile:

«Hay flores cuya frescura y lozanía jamás pasan y coronas que no se marchitan. Éstas son las que Tú esperas de tus hijos, porque el más hermoso adorno de una madre es la piedad de sus hijos, y la más bella corona que pueden depositar a sus pies es la de sus virtudes. Sí, los lirios que tú nos pides son la inocencia de nuestros corazones»

1. El más hermoso adorno de una madre es la piedad de sus hijos

Una piedad que se sabe cercana a Dios. Una relación tan íntima con Jesús que da tranquilidad, porque una madre que sabe que sus hijos siguen un buen camino pueden estar tranquilas y seguras en que llegarán a buen puerto. Este es un hermoso regalo que muchas madres quisieran y no tienen la posibilidad. Esta piedad es como una joya que pueden lucir con orgullo. Una joya que no puede resplandecer sólo para ellas (las madres), sino que es para compartir con todo el mundo. Una madre que ha guiado a sus hijos por un camino de cercanía con Dios ha sembrado en tierra buena, podrá estar segura que sus hijos darán frutos, y frutos abundantes.

2. La más bella corona que pueden depositar a sus pies es la de sus virtudes

Un hijo virtuoso es un regalo de Dios. Si nos ponemos a recordar todas las travesuras que hemos hecho en la vida, todos los malos momentos que le hemos dado a nuestras madres, todos los enfados y disgustos, estaríamos quizá muchas horas en ello. ¡Cuánto ha soportado el corazón de una madre! Más aún, ¡cuánto ha amado el corazón de una madre! Es impresionante cuánto amor puede caber en ellas. Uno como hijo guarda también este recuerdo en su corazón y lo lleva a otros. Las virtudes que un hijo va adquiriendo poco a poco se van contagiando en la familia, pero para esto se necesita paciencia. Así como demora la flor en crecer desde que la plantamos, así crecen las virtudes en el alma; el secreto es la paciencia y la constancia en seguir regando con la fe y las buenas obras aquellas buenas acciones que luego se transformarán en virtudes.

Una madre igual se equivoca

María, la llena de gracia es el modelo de Madre. Ella sí que nunca se pegó una “embarrada”, ella fué fiel hasta la muerte, una Madre que lo dió todo y amó hasta el extremo. La realidad y la experiencia nos muestra que las madres igual se equivocan, que comenten errores. A veces somos muy juiciosos con ello, nos duelen mucho sus caídas porque le amamos demasiado como para soportar una falta de coherencia o una fallo. ¡Cuánto dolor causa en el alma de un hijo los errores de una madre! Pero este sufrimiento se aprende a sobrellevar siempre con un espíritu de fe y confianza en que todo se solucionará. Nuestras madres son personas, fallan y toman decisiones que a veces no son las mejores, pero puedo estar seguro de que todo tiene una razón de fondo, lo importante será siempre acompañarles con nuestro amor silencioso, un amor que se manifiesta en una sencilla oración ante Dios.

El regalo más grande

Aún así hay un regalo más grande que podemos darles a nuestras madres y es la oración constante ante Dios. Sí, dejar de lado esto es como ofrecer un pastel sin chocolate o una ramo de rosas sin pétalos. Este es el mayor regalo que le puedo dar yo a mi mamá, una oración constante, profunda y perseverante ante Dios para que le ayude y le ilumine siempre. Para que le de fuerzas en la lucha y le ayude a caminar a paso firme a pesar de las tribulaciones que la vida trae consigo. Para nadie es fácil vivir, pero podemos ser capaces de transformar los problemas en oportunidades de crecimiento y ésto sólo se comprende en la oración sincera ante Dios.

Yo, por lo menos, aunque estoy lejos de mi mamá, quiero ofrecerle mis oraciones y mis continuos recuerdos tanto en la memoria como en el corazón. Ella puede estar segura y tranquila de que Dios guía mis pasos y me ayuda en mis necesidades. Él es quien me protege y me cuida. Una madre que tiene un hijo tan cuidado, como lo somos los religiosos, consagrados y/o sacerdotes, pueden estar tranquilas en que Cristo está con nosotros.

Que el Señor bendiga a todas nuestras madres, y si las nuestras ya no están en esta tierra, elevemos una oración por ellas, de seguro están gozando de la Bienaventuranza eterna junto a Dios en el Cielo.

¡Oremos hermanos por nuestras madres! Y como decía San Francisco de Asís:
¡Comencemos, hermanos, a servir al Señor, porque hasta ahora poco o nada hemos hecho!