El Démodex de nuestra vida


Esta es una de esas cosas que esperarías jamás haber sabido, pero una vez que te abren los ojos es difícil volver a cerrarlos. En clases de Bioética, mientras nos hablaban de la Ecología, nos presentaron una imagen. No tenía nada de especial excepto los colores irreales que usaba. Reflejaba un esbozo, era como un dibujo a computadora, pero nada distinguible. Un completo enigma hasta que el profesor nos dijo que era un organismo diminuto que habita y se alimenta de nosotros. ¡¿Cómo?! Sí, vive en nosotros, sobre todo en aquellos lugares donde abunda el cabello. Dígase de la cabeza, las cejas y sobre todo en las pestañas. Son miles estos individuos los que se comen nuestro cuerpo a diario sin siquiera nosotros percibirlo. Cada hembra puede poner hasta 25 huevos por cabello. Se alimentan del cebo de nuestra piel, a veces en abundancia. Son casi imperceptibles, invisible a nuestros ojos. Sólo un experto con sus aparatos puede sacarlos a la luz, es decir, son visibles gracias al microscopio electrónico ya que miden alrededor de 0.4 milímetros.

Su apariencia está lejos de la belleza como la conocemos. Sus “ojos” y “dientes” parecen haber sido hechos para escavar y devorarlo todo a su paso. Viven en aquellos orificios que hay entre cada pelo y la piel. En cada vello pueden encontrarse varios de estos organismos. Los Démodex están ahí y apuesto que acabas de enterarte de ello.

Apenas fui consciente de esto me lavé la cara con bastante jabón, queriendo sacar un poco estos animalitos si es que los tenía. Algunos expertos mencionan que el 95% de las personas los llevan consigo. En fin, todo esto para decirles algo muy importante. Se me vino a la cabeza y al corazón que estos Démodex son como las faltas que a diario cometemos. Imperceptibles a los ojos humanos, nos van comiendo poco a poco, parecen no hacer daño pero son parte de nuestra vida. Allí están, como un “parásito” que se pega y no reacciona ni siquiera con el mejor de los jabones antibacteriales que se pueden encontrar en el mercado. El pecado es un Démodex con mayúscula, uno que penetra en el cuero cabelludo y construye su imperio. A medida que pasa el tiempo se va acrecentando. Se acostumbra a su hábitat.

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Hay de varios tipos y tamaños. Están aquellos arraigados a la piel que cuesta sacarlos, otros salen fácilmente con un poco limpieza. Mientras más comen, más crecen y más se arraigan, entonces sacarlos constituye un verdadero desafío. El pecado en nuestra vida actúa de forma similar, va creciendo y creciendo a medida que lo vamos dejando actuar y, cuando ya está bastante crecido, es muy difícil erradicarlo. Pasa por ciclos también, hay momentos en que abundan y otros en los que son muy pocos. En fin, allí están y debemos hacer algo. Ahora bien, la pregunta es: ¿cómo eliminar el Démodex (pecado) de nuestra vida?

Hay un remedio eficaz contra el pecado, que lo limpia, lo purifica, lo hace nuevo. Es gratis y se puede encontrar en cualquier parroquia del mundo.Es la confesión, la reconciliación del hijo con el Padre. Un espacio-tiempo de perdón, de amor, de misericordia. Sólo basta acercarse y mostrarle tus Démodex para que el Médico te sane, te limpie y te purifique de todo ello.

La confesión te reestablece, te renueva, te devuelve la gracia y te da fuerzas para seguir caminando en esta vida.

Pero ojo con confundir el confesionario con una lavandería, donde llevamos nuestra ropa sucia y la lavamos para luego volver a mancharla y volverla a lavar. El Papa Francisco nos recuerda que:

“El confesionario no es una lavandería para limpiar las manchas de la conciencia. Al confesarse hay que sentir vergüenza de los pecados”.

Esta vergüenza es necesaria a la hora de arrepentirse, es un sentimiento que nos hace humildes y muestra la verdadera cara del pecado y las faltas que cometemos. Nos avergonzamos de nuestra conducta pero no para quedarnos en el “valle de lágrimas”, sino para acercarnos con confianza al Padre que todo lo perdona.

Así, el Sacramento de la Reconciliación, es mucho más que una mero lavado de manchas de pecado, es un momento de intimidad entre Padre e hijo. Si lo vemos en esta clave dejaremos de temer aquel momento. No es una sala de tortura existencial, es un momento de perdón profundo, de amor y amistad.


En fin. Estos Démodex me han hecho pensar en que el pecado está en nosotros y a veces ni siquiera nos damos cuenta de ello, pero se puede quitar si hacemos un análisis exhaustivo de nuestra vida. Sólo debemos preocuparnos un poco de nuestra salud espiritual, poner los medios y sobre todo acercarse a Dios.

Me emociona cuando alguien se siente pecador, pero más aún cuando es humilde y se acerca a Dios como un hijo necesitado de su Padre.

¡Cuántas veces a mí mismo me ha sucedido esto! Cierto que sentimos vergüenza por nuestras faltas y vemos el rostro del sacerdote y pensamos: “de seguro pondrá mala cara cuando le cuente mis pecados”, pero olvidamos que ellos están ahí para escucharnos y sobre todo para acercarnos al perdón de Dios. ¡Qué maravilla este Sacramento! ¡Gran lugar tendría en nuestra vida si comprendiésemos su valor!

Este tiempo de cuaresma es propicio para ello. Para dejarse abrazar por el amor de Dios sin miedo ni prejuicios. Dios no quita nada y lo da todo. Todo, todo. No se guarda nada para sí. Así que aprovechemos esta cercanía de Dios y vamos a reconciliarnos con Él. ¡No temas que todos pasamos por un momento de vergüenza! Pero esta vergüenza es sana, nos hace ver la fragilidad de nuestra vida, nos hace humildes. Reconozcamos nuestros pecados y eliminemos esos Démodex de nuestra vida con la Confesión sacramental, la Reconciliación con Dios.

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