Un joven normal, 8 siglos y el crucifijo que marcó su vida para siempre

Una cosa es que te lo digan, otra cosa es experimentarlo.
Este hombre es muy conocido. Joven, alegre, manso, con un profundo amor a Dios y su Palabra. Un hombre que decidió seguir a Jesús pobre y humilde… Este hombre es San Francisco de Asís. La historia de santidad que nos narra su vida muestra claramente que sí es posible ser santo cuando todo va contracorriente. Un hombre donde no hay doblez, un hombre cuya vida está marcada por los polos opuestos según el querer de Dios. Así es como nos encontramos cara a cara con la figura de Francisco, un rostro actual a pesar de los ocho siglos que nos separan de su vida, pero que sigue encantando a todo quien, con humildad, se acerca a servir al Señor.

Un joven común y corriente…

Como todos tenía aspiraciones: hacer algo importante de su vida, ser un  “caballero” reconocido, pasarlo bien con amigos, conocer el mundo, etc. Un joven que sudaba alegría, que contagiaba a todo el mundo. Con personalidad fascinante no pasaba desapercibido por las calles de su natal Asís (Italia). Va a las cruzadas, es detenido, pasa un tiempo en la cárcel… y es allí donde se encuentra cara a cara con la Palabra de Dios. 

Se pregunta muchas cosas, ¿qué sentido tiene la vida? ¿qué va a ser de mí? ¿vale la pena entregarme a las cosas temporales? hasta que resuena en su interior la más grande de las interrogantes: ¿quién es ese Jesús del que todos hablan y al cual no puedo voltear la mirada? Llega a la pequeña Iglesia de San Damián, la cual se encuentra en ruinas, allí le pregunta a Jesús:

«Señor, ¿qué quieres que haga?»

Una pregunta valiente para un joven de la época. Se arriesga. Sabe que Jesús pide cosas grandes y aún así se embarca en la aventura. El Señor se le manifiesta y le dice:

«Francisco, ve y repara mi casa que, como ves, amenaza ruinas»
Gentileza: Fray Javier Garza 
Él fue y la reparó. Claro, todos pensamos primero en las cosas terrenales, era lógico reparar las ruinas de la iglesia, pero Jesús le llamaba a algo más grande y Francisco lo sabía. Reparar sí, pero la iglesia del corazón. La iglesia de su propio corazón, luego la iglesia del corazón de sus hermanos y finalmente la iglesia Cuerpo de Cristo. Una misión no tan fácil. Solo no podría, el Espíritu Santo le guió.

“Hijo, si te llegas a servir al Señor, prepara tu alma para la prueba. Endereza tu corazón, manténte firme, y no te aceleres en la hora de la adversidad. Adhiérete a él, no te separes, para que seas exaltado en tus postrimerías. Todo lo que te sobrevenga, acéptalo, y en los reveses de tu humillación sé paciente. Porque en el fuego se purifica el oro, y los aceptos a Dios en el honor de la humillación. Confíate a él, y él, a su vez, te cuidará, endereza tus caminos y espera en él” (Eclesiástico 2:1–6)

Desde ahí comenzaría una historia de amor entre Dios y el hombre, una historia de santidad, una historia de fe que llevará a otros a encontrarse frente a frente con el Señor. Hoy, San Francisco ha dejado un legado importantísimo en la Iglesia Católica y en el mundo. No es por él mismo, es por aquello que Dios ha hecho en su vida, porque Dios «vio cuanto había hecho, y todo estaba muy bien» (Génesis 1:31).

La experiencia de Asís en primera persona.

Tener la posibilidad de estar en Asís ha sido una gracia enorme. Caminar por aquellas antiguas calles que aún dejan entrever los adoquines es una experiencia increíble. Pero lo mejor de todo es meditar y contemplar en los misterios de la vida de San Francisco en el mismo lugar donde ocurrieron. ¡Cuántas personas en todo el mundo, en estos 800 años, se han empadado de la espiritualidad franciscana! ¡Muchísimas personas! Conocer la ciudad de Asís es una experiencia de gran renovación espiritual.


¿Dónde pasé más tiempo? Frente al crucifijo de San Damián. Se conserva muy bien a pesar de los siglos que le ha tocado vivir. Se encuentra en un lugar muy recogido: la capilla lateral de la Basílica de Santa Clara. Sinceramente no pude salir fácilmente de allí. El tiempo se detuvo al contemplar la obra maravillosa de Dios en sus hijos. Y repetía una y otra vez las palabras de Francisco:

«Señor, ¿qué quieres que haga?»

Y luego continuaba…

«Sumo y glorioso Dios, ilumina las tinieblas de mi corazón y dame fe recta, esperanza cierta y caridad perfecta, sentido y conocimiento, Señor, para que cumpla tu santo y veraz mandamiento»
He escuchado mucho que “las palabras convencen pero el testimonio arrastra”, ¿qué tal si todos los cristianos fuéramos testimonio de Cristo para los demás? Un testimonio que no es falso, sino que nace de un encuentro personal con aquel que desde siempre nos ha llamado. Si nuestra vida habla de Jesús, no hacen falta palabras. Si nuestras obras dejan la estela de Cristo en el mundo, todo sería diferente.

Ahora reflexiono un poco más… ¡Cómo es importante el ejemplo de nuestros hermanos para animarnos a caminar en santidad! ¡Se puede ser santo, es posible! Esta experiencia me mostró que basta ser sencillos para encontrase con Dios, basta un corazón humilde para verle a los ojos, basta un gesto de amor para llamarle a nuestro interior. Y tú, ¿te atreves a ser santo?