Llamada y respuesta: «Revelarse» y «rebelarse»

Mi abuela siempre decía: “hijo, las cosas han cambiado tanto desde que yo era niña hasta ahora” y la verdad es que le creo. Pienso que el cambio tiene dos vertientes: una positiva (que construye, edifica, enriquece) y otra negativa (que deconstruye, destruye, empobrece). La vida es un movimiento constante de decisiones y elecciones. Está en nosotros elegir entre el camino que me lleva al bien o el camino que me lleva al mal. Son bien conocidos los cuentos infantiles de la “Caperucita roja” o “Los tres cerditos” donde por escoger la vía más rápida, más cómoda y más fácil, las consecuencias resultan ser nefastas. Estas elecciones entre lo bueno y lo malo son cotidianas, reside ese poder en nuestra voluntad (mi propio querer) que se inclina a un lado u otro del camino.
Es precisamente este “querer” que nos lleva a todos a acertar o equivocarnos. Muchas veces sin desearlo y con una gran dosis de ignorancia detrás. Pero hay quienes prefieren tomar el camino del mal a sabiendas de lo que encontrarán y conscientes de las consecuencias que vendrán posteriormente. A éstos se les conoce como “rebeldes”, que se “rebelan” contra algo o alguien, en este caso es nada más ni nada menos que contra Dios. Sí, es Dios quien ha ordenado el mundo de una forma, pero es el hombre que le gusta poner su voluntad de manera constante por encima de la del Creador. Conocemos muchos ejemplos en la Iglesia, ejemplos de quienes no han querido seguir el orden de Dios y han impuesto su propia voluntad.
El diccionario de la Real Academia Española define el verbo rebelar como «sublevar, levantar a alguien haciendo que falte a la obediencia. Oponer resistencia». Dios ha hecho exactamente lo contrario, pero lo paradójico aquí es que es un verbo similar: revelar. Dios se nos ha revelado a través de su Hijo Jesucristo, «descubre y manifiesta lo ignorado y lo secreto» (según la RAE), nos muestra su Amor, su Voluntad, su Designio de Salvación. Y nosotros respondemos como Adán, rebelándonos contra todo esto que es tan hermoso y que el Padre nos ha dejado.
Es el gran misterio de Dios que se revela con amor y del hombre que se rebela contra la voluntad del Creador.
Sutil distinción entre b que tantos dolores de cabeza nos han causado y nos sigue causando hasta hoy.
Aquellas noticias que día a día cubren las vitrinas periodísticas no son sino el producto final de esta ecuación: voluntad del hombre menos Voluntad de Dios es igual a rebeldía (vh-VD=rebeldía). Pero, ¿acaso Dios se cansa de nosotros?, ¿acaso Dios nos abandona por nuestra rebeldía? No, no, y no.
«La verdadera, la gran esperanza del hombre que resiste a pesar de todas las desilusiones, sólo puede ser Dios, el Dios que nos ha amado y que nos sigue amando» Papa Benedicto XVI en Spe Salvi.
En palabras de San Pablo podemos decir con suma libertad que «el amor nunca pasará» (1 Corintios 13:8). Dios no se cansa de amar, «no se cansa de perdonar», siempre nos espera. Recuerdan la parábola del hijo pródigo que tanto realce tuvo en el año de la misericordia, pues es lo mismo con Dios y nosotros sus hijos. Allí está, día a día sale a mirar a la calle a ver cuándo regresa su hijo, sabe que volverá pero no cuándo. Le espera con amor, sin juzgarle por sus culpas, sin ira, sin rencor. Éste es Dios Padre, Éste es el Dios que muchos quieres que no conozcamos. Que Dios es amor es bien sabido por el pueblo cristiano, pero ¿cala hondo en tu corazón? ¿lo sabes de palabra o de también por experiencia? Éste es el Dios de la esperanza y de la fe. Es el Dios creador del cielo y de la tierra, de todo lo visible y de lo invisible. Es el Dios que acoge, que recibe y perdona.
Nunca es tarde. Aún estamos tiempo de acoger su revelación. Él estará con nosotros todos los días hasta el final de los tiempos. ¿Si esto no es grandioso, maravilloso y excelso no sé que lo podrá ser?
Dios se revela. Nos dejó tanto, tanto, que rebelarse parece una locura. No confundamos revelarse rebelarse. La respuesta consciente, libre y decidida de un cristiano es el “sí”. Así lo hizo María luego del anuncio del ángel Gabriel; ella dijo con suma libertad el fiat, el hágase, que «se cumpla en mí lo que has dicho». Siguiendo el ejemplo de Nuestra Madre continuemos ofreciéndole a Dios nuestro fiat:
Señor, quiero que se haga en mí tu voluntad,

que se cumpla en mi vida tu palabra.
Quiero ser instrumento de tu amor.
El mundo te necesita y si quieres,
si es tu voluntad, aquí estoy yo, cuenta conmigo.
Sabes que soy frágil, débil y pecador,
pero tú que haces nuevas todas las cosas
sabrás mejorarme y sacar lo mejor de mí.Tú que me conocer mejor que yo mismo
me darás lo que necesito.
Yo confío en Tí, soy todo tuyo
y te entrego todo lo que tengo para que lo multipliques
y germine la semilla que has plantado
en el corazón de todo hombre.Quiero ayudarte, cuenta conmigo, Señor,
y dame la fuerza necesaria para no dejarme engañar
por cualquier viento de doctrina que conduce al error.
Guíame con tu Espíritu, no me sueltes,
tómame de la mano, quiero caminar junto a Tí.No me apartes de la verdad que has confiado a tu Iglesia
a través de tu Palabra y la guía de los sucesores de los Apóstoles.
Renuevo mi amor por tí.
Renuevo el compromiso de conocerte, amarte y servirte.
Amén.