Estos pobres me mostraron mi propia pobreza


Hoy la Iglesia celebra la I Jornada Mundial de los Pobres convocada por el Papa Francisco, una iniciativa que nos invita a todos a amar “no sólo de palabra sino también con obras”. Es una oportunidad para salir de nuestra comodidad y acercarnos a quienes necesitan tanto de alimento material como espiritual. La realidad nos muestra el sufrimiento que millones de personas viven a diario en diversos países del mundo. Acá mismo en Roma se ve cada vez más pobreza en las calles, personas que viven debajo de los puentes, en edificios abandonados o en improvisados campamentos cerca de las estaciones de buses.

Hoy, como un buen ciudadano de mi país, fui a votar para elegir al próximo presidente de Chile. Llegué a la estación Termini (Roma) donde convergen los trenes, el metro y los autobuses. Es una construcción gigantesca que, si no conoces bien por donde ir, es fácil perderse. Pues a mí me pasó, me perdí.

Buscando la parada de autobuses caminé varias cuadras, volví, giré y me perdí más. En eso llegué a un lugar muy descuidado, lleno de basura, con automóviles abandonados… un lugar donde no esperé encontrar a nadie. Pero, para mi sorpresa, allí no estaba solo. Encontré a un grupo de 10 personas que vivían en “tiendas de campaña” hechas con trapos y ropas viejas. Unos eran jóvenes y otros ancianos. Todos ellos compartían lo que tenían. A primera vista cualquiera giraría el rostro y cambiaría de dirección, pero algo en mí me invitó a continuar el camino en dirección hacia ellos. Recordé de inmediato la invitación del Papa Francisco y me acerqué. Abrí mi bolso, saqué toda la comida que llevaba y se las ofrecí con gusto. Eran bastantes paquetes pequeños que antes de salir de casa había llevado conmigo por si encontraba algún necesitado en la calle.


Luego de repartir la comida uno de ellos, al verme, me dijo:

“Padre, padre… gracias. Pero nosotros no necesitamos solamente que nos traiga comida y se vaya, nosotros necesitamos también que nos escuche”

Este buen hombre me invitaba a quedarme con ellos un momento más. Me invitaba a no hacer de aquel momento una simple entrega de cosas, sino un verdadero encuentro entre personas. Un encuentro que va más allá de la mera ayuda, que se preocupa, que comparte, que conversa, que pasa un momento personal y delicado con el prójimo. Este hombre me invitaba a adentrarme en su situación, a dejarle de ver como un “necesitado” para verle como un hermano. Este hombre me invitaba a hacer de aquella acción externa, una acción enriquecedora, una acción humana. Y esto me dejó pensando…

En el mensaje de la 1ra Jornada Mundial de los Pobres, el Papa Francisco escribe:

“Estamos llamados, por lo tanto, a tender la mano a los pobres, a encontrarlos, a mirarlos a los ojos, a abrazarlos, para hacerles sentir el calor del amor que rompe el círculo de soledad. Su mano extendida hacia nosotros es también una llamada a salir de nuestras certezas y comodidades, y a reconocer el valor que tiene la pobreza en sí misma” .

Comprendí que no basta con darle de comer al hambriento o con darle de beber al sediento, sino que es necesario compartirnos a nosotros mismos, donar una hora de nuestra vida con los demás, dejar nuestras ocupaciones para ver el rostro de Cristo en los demás. ¡Qué gran enseñanza! Y al final, como siempre, uno va a ayudar y sale ayudado. Ése es Dios que se “mete” en nuestra vida para darnos una lección. Esta vez fue:
“«Hijos míos, no amemos de palabra y de boca, sino de verdad y con obras» (1 Juan 3:18)
¡Gran día para mí y para el Corazón de Jesús! La verdad es que lo que pasé muy bien con aquellas personas. Ellos me necesitaban a mí y yo los necesitaba a ellos. Aquellas palabras que este hombre me dijo quedaron grabadas en mi corazón. Recuerdo sus rostros. Estas personas “pobres” me hicieron ver mi propia pobreza. Me enseñaron que los prejuicios nos hacen alejarnos unos de otros. Me hicieron entender cuánta necesidad de amor tiene nuestro mundo. Pero, ¿seré capaz de amar en verdad y con obras? Sí, yo creo que con Dios todo lo puedo y su gracia me ayudará. Hay que intentarlo, ¿verdad?

Espero volver a aquel lugar y compartir aquello que tengo: no sólo comida sino a mí mismo.