“Enséñame dónde y cómo buscarte, dónde y cómo encontrarte”

Jesús:
No tengo mucha fe. Aquí estoy. No sé, me sentí triste y vine a un lugar solitario para encontrar refugio. ¿Sufro? No lo sé. Son tantas cosas que no sé bien como llamarlo. Tengo sentimientos encontrados. Como que algo choca en mi interior. Por una parte están mis planes, y bien sabes qué es lo que quiero yo… por otra, están tus palabras, tu llamada, tu voz dulce. ¿Cómo puedo acallar esta lucha? Creo. Sí, creo pero no tengo mucha fe. Suelo perder la cabeza en los momentos de dolor y en las alegría jamás me acuerdo de tí. Me conoces, no necesito hablar mucho. Pero a pesar de todo esto, quiero. Quiero acercarme a tí, quiero encontrarte. No, más bien quiero que tú me encuentres a mí. Sí, porque yo no puedo hacerlo por mí mismo. ¿Quién lo hubiera pensado…? Pero, sí, y lo digo con vergüenza: te necesito.
Vergüenza tengo de acudir a tí sólo en los momentos difíciles. Pienso en mis padres y es casi lo mismo. He intentado siempre solucionarme yo mismo los problemas, con dificultad he salido adelante. Pero es poco. No puedo por las mías. Sí, te necesito, y lo digo nuevamente. Necesito de tu amor para amar. Necesito de tu abrazo para abrazar. Necesito de luz para iluminar. A mi alrededor veo mucho odio, tristeza y frustración. Yo no quiero vivir así, yo quiero ser libre. Por eso te busco ahora luego de tanto tiempo. Te busco, pero ¿acaso me despreciarás? No.. jamás. Tú no harías nunca eso conmigo. No lo harías porque me amas. Tu recuerdo ha sido para mí el sustento verdadero. Pero ahora quiero más. Te quiero a tí, a nadie más. Quiero quererlo todo en tí. ¿Cómo volver a ver tus ojos? ¿Me recibes de nuevo?
Señor Dios, enséñame dónde y cómo buscarte, dónde y cómo encontrarte… Tú eres mi Dios, tú eres mi Señor, y yo nunca te he visto. Tú me has modelado y me has remodelado, y me has dado todas las cosas buenas que poseo, y aún no te conozco…  Enséñame cómo buscarte… porque yo no sé buscarte si tú no me enseñas, ni hallarte si tú mismo no te presentas a mí. Que te busque en mi deseo, que te desee en mi búsqueda, que te busque amándote y que te ame cuando te encuentre. Amén. (San Anselmo de Aosta)
Mi alma está tranquila. Parece que las cosas son más simples de lo que yo creía. Yo me complico mucho. Creo que tú funcionas igual como funciono yo, pero no, tú eres más simple. Tú eres la simplicidad. Estás aquí. Logro encontrarte en el silencio de mi oración. Te abro mi corazón y te acojo en mi interior. ¡No te vayas, te lo suplico! No… no te irás. Tu me dices: «Yo estoy contigo, ¡no tengas miedo. Yo estoy contigo». Quien no se detiene no está tranquilo. Quien no presta atención, no te escucha. Quien cierra sus ojos, no te ve. Quien no busca, no encuentra. Gracias, Jesús, por… por Tí. Gracias por ser quién eres. Gracias. Que mi alma descanse en tí. Que te busque todo mi ser. Entiendo en mi consciencia que debo ser diferente. Este encuentro contigo no me puede dejar así sin más. Quiero comunicarte, quiero contarle a los demás lo grande que eres tú. Tu amor es eterno, Señor. ¿Cómo no amarte? Dame tu amor y tu gracia que eso me basta.
Ahora me toca a mí. Déjalo en mis manos…