¿El Dios de las desgracias?


¿A quién se le puede ocurrir que nuestro Dios sea un Dios de desgracias? Sabemos muy bien que Dios es el Sumo Bien, Todo Bien, la Bondad Máxima; pero se nos suele olvidar a menudo. ¿Por qué hablamos de un Dios de desgracias? Porque… pensemos un momento. ¿Cuándo nos acordamos más de Dios? Aquí debemos hacernos una confesión que nos llevará a la respuesta. Por lo general acudimos a Dios en momentos de debilidad, de tentación, cuando no podemos por nosotros mismos. Pero esta actitud se da luego de haber quemado todas las posibilidades que teníamos, cuando nuestras seguridades y “capacidades” no pudieron. Acudimos a Dios cuando tenemos gran necesidad de algo, por ejemplo cuando estamos en peligro, allí nos acordamos del Creador aunque nunca en la vida hayamos recitado el credo o visitado iglesia alguna. Acudimos a Dios en la enfermedad, cuando nos vemos o vemos a los demás pendiendo de un hilo, a sólo un paso de la muerte. Acudimos a Dios para pedirle por nuestros proyectos: cuando la empresa está a punto de quebrar, cuando no encontramos trabajo, cuando queremos cambiar a un trabajo mejor, etc. Hay un sinfín de situaciones que nos llevan a buscar a Dios, pero… ¿cuántas de ellas se dan en los momentos de desgracias? Muchas, muchísimas.
Dios no es un Dios al que se le busque sólo y exclusivamente en momentos de necesidad, si fuese así nuestra actitud ante Él sería utilitarista, porque quiero algo de Él y no por Él mismo. Esta actitud no está mal, ya que una finalidad de la oración (comunicación con Dios) es la petición, y es lícito, es más, debemos hacerlo siempre porque sabemos que no podemos nada sin Él. Pero hay otra dimensión que solemos olvidar que es la dimensión de las gracias. Así es, acudir a Dios en los momentos de gracias, de alegría, de abundancia. No sólo ante problemas y dificultades, sino también con actitud agradecida por todo aquello que nos regala. ¡Y vaya que tenemos “excusas” para acudir a Él! Un nuevo día de vida, el poder ver la luz del sol entre las nubes, el respirar, el poder caminar, el tener una familia, el sentirse amado por Él, el vivir acompañado, etc. Todas éstas son ocasiones propicias para agradecer a Dios, ¡para acudir a Él! Así, nuestro Dios no se convierte en un “Dios de desgracias” sino en un Dios de todo lo creado. Un Dios presente en las buenas y en las malas, en la abundancia o en la carencia, en la vida o en la muerte. Un Dios que nos espera con los brazos abiertos en cualquier momento, como lo hace un padre con su hijo, que le abraza sin aparentes motivos, con la “excusa del amor”. Así, nuestra vida se transforma en una relación personal con el Padre, cara a cara, de hecho. No son palabras bonitas, sermones bien redactados… es realidad, es la vida cotidiana. Dios nos espera con los brazos abiertos siempre.
Quisiera concluir esta reflexión con una canción que me gusta mucho que me recuerda constantemente que mi vida es de Cristo, y no hablo sólo como religioso, sino como cristiano en general. Por el bautismo somos de Cristo, le pertenecemos, ya no somos dueños de nosotros mismos, nuestro dueño es el Señor.