36 hermanos sacerdotes, un verdadero Don de Dios

Una cosa es que te digan que se ordenaron 36 sacerdotes y otra cosa es verlo con tus propios ojos. ¿Cómo es posible que hombres venidos de distintas partes del mundo, hablando idiomas diversos, con una historia particular cada uno se unan en Cristo para configurarse con Él? Sí, es real y yo soy testigo de ello. Verlo con ojos humanos es fácil, pero otra cosa es verlo con ojos de fe. Cuando vamos por la calle muchos preguntan: ¿Cómo te metiste al sacerdocio? ¿Eres feliz de verdad? ¿Estás seguro…? Como que no se lo creen. Yo quiero ser sacerdote porque a eso me ha llamado Dios. Si Dios hubiese elegido para mí el camino matrimonial, bienvenido sea, pero no, ya ha hecho una elección para mí y yo sólo le he dicho: “Sí”. Un sí definitivo que conforma mi voluntad con la de Él. Un sí que se renueva día a día y que se mantiene a pesar de las tristezas y desilusiones que puedan venir en el camino, un sí que está sostenido por la oración incesante de la Iglesia, un sí que persevera con la Eucaristía… Ese sí es el que le han dado mis hermanos en la ordenación sacerdotal. Es una emoción muy grande ver sus rostros al celebrar la primera misa. Rostros que derraman lágrimas por verse inmersos en algo tan grande como la misión que Dios les ha conferido. Rostros llenos de gozo por saberse acompañados por el Señor, por ser cooperadores del Reino de Dios, por perpetuar el sacrificio único de Cristo en la Eucaristía. ¡Qué felicidad me da! La Iglesia entera se alegra por este don de Dios para el mundo. ¿Lo merecían? Yo creo que no, nadie merece el sacerdocio, es un don y sólo quienes han sido llamados a ello pueden recibirlo. Es un misterio, porque los caminos de Dios no son nuestros caminos, y lo que pensábamos que no era para nosotros, termina siendo realmente nuestro camino.
Cuando uno es seminarista y tiene la oportunidad de asistir a la primera misa de un sacerdote, la emoción es muy grande. Pasan por la mente y el corazón recuerdos de la llamada de Dios, de los momentos difíciles que hemos vivimos, de las alegrías que hemos compartido, de las pruebas que con la gracia de Dios hemos superado… uno se ve con una gran responsabilidad entre manos y piensa: “Algún día yo estaré ahí… algún día yo celebraré mi primera misa”. Y nos unimos en oración. Una oración que nace del interior. Una oración que se eleva al cielo en acción de gracias junto con nuestros hermanos sacerdotes. Una oración que nos une e identifica mucho más con el plan de Dios. Cuando alguien me pregunta por qué quiero ser sacerdote, yo les digo lo que pienso y siento, que “Dios me ha llamado a una misión específica: el sacerdocio. Estoy seguro que es obra suya, yo no merezco esto, pero confío plenamente en Él de que llevará a buen término la obra que ha comenzado en mí”. Y aunque muchos sigan dudando a pesar de mis palabras, tengo la certeza de que Dios, que conoce nuestros corazones, sabe el por qué. Mi vocación es un don de Dios para la Iglesia y el mundo, no puedo esconderlo. Cualquier palabra quedará corta para describir esta vocación. Siempre hay algo nuevo que decir, siempre hay algo nuevo que contar… Oremos juntos a Dios para que envíe más obreros a su mies, sin desanimarnos nunca, porque detrás del sacerdote está Dios sosteniéndolo con su poder y su amor, para que lleve a cumplimiento sus palabras: “Yo estaré con ustedes hasta el fin del mundo”.
“Todo sumo sacerdote, en efecto, es tomado de entre los hombres y puesto al servicio de Dios en favor de los hombres, a fin de ofrecer dones y sacrificios por los pecados. Está en grado de ser comprensivo con los ignorantes y extraviados, ya que él también está lleno de flaquezas, y a causa de ellas debe ofrecer sacrificios por los pecados propios a la vez que por los del pueblo. Nadie puede recibir esta dignidad, sino aquel a quien Dios llama…” (Hechos 5:1–4)
Dedicado a mis 36 hermanos sacerdotes Legionarios de Cristo que se ordenaron el sábado 10 de diciembre de 2016 en la Basílica de San de Letrán (Roma).